Plaza de Rius i Taulet, barrio de Grácia


Una plaza bulliciosa, los sonidos del preparativo de un festival inminente, saludo a un amigo del master de urbanismo y hablamos de las vacaciones que recién han empezado. El sol brilla con fuerza. Los niños gritan, hablan y también callan. Han debido de salir del colegio. Cierta sensación de soledad me acompaña, sin resultarme del todo molesta. Parece como si el tiempo se hubiese detenido tras ritmos frenéticos y obligaciones angustiosas. Pospongo las tareas pendientes viviendo el momento presente, la plaza, los niños, el sol, la libreta blanca en la que escribo en negro. Vocales agudas afinando el sonido del concierto de música folk próximo, bañan esta plaza dominada por un masivo reloj, que nadie jamás mira, erigido en el centro. Los niños hojean revistas en la terraza de un bar. Las madres jóvenes con carros deportivos llevando a sus hijos.
Cerveza, claras, Plátanos, Tipuanas. No espero a nadie.
Quisiera reflexionar sobre la huelga de ayer, la violencia estúpida de unos cuantos, empañando la jornada y dando motivos para que los furgones oscuros a base de emergencias de sirenas desplacen a los ciudadanos de la calzada. Un espacio público cada vez más privatizado, más exclusivo, pero hoy estoy en un banco; ya tome el té en el fres.co y me da pereza ordenar todas estas ideas precisamente hoy, el primer día de vacaciones de mis dos semanas “santas”. Recuerdo aquella frase del cantante Nacho Vegas que decía algo así como que dos extraños preparan una guerra nuclear mientras el se preparaba un té.
Unos músicos callejeros cantan Aleluya.
Carreras, balones y yo tan fuera del conflicto, escribiendo para no encontrarme solo, vagabundo en una ciudad en la que todo el mundo tiene su guión.
La quietud de la plaza, la arquitectura, contrasta con los sonidos cambiantes, rápidos de la batería protagonista, los movimientos incesantes de la gente, gesticulando, andando, sirviendo cañas, buscando monedas en la cartera. Miro a unos niños gitanos sentados en los maceteros de hierro forjado, buscan aventuras, entretenimiento, fuera de los videojuegos, quieren liarla, como los que esta noche quemaban contenedores por la ciudad, emociones fuertes.
El sol se va hiendo, los chicos se levantan del macetero, la percusión llena la plaza y dos niñas haciendo de mamas se sientan en mi banco. Es también su banco y disponen de un mantelito para cambiar a su bebe muñeco. Parece que finalmente solo le abrigan y le devuelven al carrito. Me parece que esta imagen descrita ya habla de lo público, y me siento satisfecho por no tener que hacerlo yo, y me reconcilio con los bancos. Y lo publicó.
Un anciano se sienta en el banco a continuación a observar la plaza, le cedo la vigilancia, realizada através de sus gafas modernas teñidas de amarillo. 

                                 Barrio del Poble Nou